NASA, ¿cumpleaños feliz?.
Escrito por JM el 30 - Septiembre - 2008La National Aeronautics and Space Administration, más conocida como la NASA, cumple cincuenta años mañana. Y los cumple en un momento en que a Estados Unidos le cuesta encontrar su sitio tanto en la tierra como en el cielo. La gran agencia espacial norteamericana tiene que dejar de vivir de las rentas del pasado y superar su miedo al futuro si quiere seguir siendo grande, ha advertido su jefe, Michael Griffin. También tiene que aprender que la carrera espacial ya no es cosa de uno ni de dos, sino como mínimo de tres: China llega con fuerza.
Si ahora tengo 30 años, ¿puedo esperar ver con mis propios ojos la llegada del hombre a Marte? La pregunta se la hicieron hace poco a Wayne Hale, uno de los administradores de la NASA. Su respuesta arrancó con humor: «Yo tengo 54 años, y estoy seguro de que lo veré». Al final, el humor tiende ligeramente a negro, viniendo de un norteamericano: «Lo que no sé es de qué nacionalidad será el primer astronauta que llegue allí».
Y es que la NASA es la historia de una leyenda, pero también lo es de una obsesión, de nombre «guerra» y de apellido «fría». Cuando en 1958 el presidente Eisenhower dio la orden de crear una agencia espacial norteamericana no lo hizo por un amor empedernido a la Ciencia, ni por haber leído a Julio Verne de pequeño. Lo hizo porque los soviéticos habían lanzado el Sputnik. Después de no poco sufrimiento, pero también con no poco orgullo, el 20 de julio de 1969 Neil Armstrong y Edwin E. Aldrin pisaron la Luna. Qué grande pareció ese día ser americano.
Desde ahí no es que haya ido todo cuesta abajo, pero casi. Conquistada la Luna resultó difícil volver a alcanzar metas comparablemente estimulantes. Y es que, aunque la ciencia-ficción haya acostumbrado a la gente a pensar en cohetes de cine que pulsando un botón saltan de dimensión y de galaxia, avanzar por el espacio sigue siendo una cosa ardua y lenta. Los lanzamientos alcanzan sólo una fracción de la velocidad de la luz, y aún empeñando en ellos cantidades abrumadoras de energía no se consigue llegar muy lejos. Si a eso se le suma el coste en vidas humanas pagado en los accidentes del Columbia y del Challenger, se comprende que el entusiasmo por las estrellas haya decaído.
El final de la guerra fría fue el inicio de la decadencia de la NASA. Los Estados Unidos parecían no tener ya motivos para ahondar en la materia, más cuando se trata de una materia carísima en época de vacas flacas. Los administradores de la agencia espacial tuvieron que fajarse duramente para que se les permitiera correr con el gasto -y con el riesgo- de mandar astronautas a reparar el telescopio Hubble.
El caso es que mientras el ruido de sables se apagaba en los cuarteles de la NASA, florecía calladamente otro tipo de esplendor. Surgía una vocación científica más desligada de la ambición exhibicionista o militar. Un modelo de carrera espacial más desinteresada y pacifista, donde los cielos no serían tanto, o no sólo, un campo de batalla, sino de cooperación e investigación. Por ejemplo para prevenir el cambio climático.
Desde este punto de vista, la NASA no sólo no ha languidecido sino que está más en forma que nunca. Sólo las observaciones del Hubble han ensanchado los horizontes de la ciencia hasta extremos maravillosos. Cada sonda espacial que se despacha a Marte buscando agua o indicios de vida vuelve cargada de posibilidades y sugerencias.
A Wayne Hale le gusta comparar la aventura de la NASA con el descubrimiento de América: dice que Isabel la Católica pudo vender sus joyas y darle el dinero a los pobres en vez de arriesgárselo y dárselo a Cristóbal Colón. «¿Cómo sabemos que la cura para el cáncer no se descubrirá en Marte?», apunta provocador en «The Washington Post».
Cohetes sin honra.
En la NASA están muy pendientes de la carrera presidencial americana. Sienten que ahí se decide también su futuro. Barack Obama empezó mostrándose frío con la carrera espacial por verla como un residuo militarista de la guerra fría, en cambio ahora que descubre su potencial civil está más dispuesto a darle aire. John McCain estaría en cambio más interesado en una agencia espacial más clásica, más pendiente de competir con los vecinos.
En el fondo ese es el dilema: cohetes sin honra, honra sin cohetes. George Bush prometió la vuelta a la Luna antes de 2020 y llegar a Marte alrededor de 2037, todo por el miedo de que se les adelante China. Otros creen que lo importante no es tanto eso como mantener viva la llama de la curiosidad. Y no tener prisa. Después de todo, sólo hace 516 años que Colón llegó a América.
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